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martes, marzo 31, 2015

Devuélvanme a mi madre!

Cuando estaba lejos, recordaba con mucha nostalgia qué se sentía al abrazar a mi madre, esa sensación de sentirte en casa, protegida, segura y más con una madre como la mía.  Ella siempre fue una leona, siempre nos protegió con uñas y dientes, sacrificó su vida y su felicidad pensando que eso era lo que debía hacer para no terminar siendo juzgada por sus hijos si tomaba una mala decisión.
Ella siempre fue la fuerte, la que no necesitaba dormir, comer o lo que sea que cualquier ser humano necesitara, la que cada tres o cuatro años enfermaba inexplicablemente sólo de cansancio, debido a dormir solo un par de horas por día para tener todo listo en casa, para que al despertar viéramos a una mujer vestida, peinada y maquillada, con desayuno, ropa y mochilas listas.
La que nunca se dejó de nadie, la que igual se ponía al tu por tu con un policía que con el ladrón que intentaba robarle. La que nunca se quejó de nada.
Ella, esa mujer tan fuerte, decidida y al mismo tiempo tan amorosa. La que nunca escatimó en amor, atención y disciplina, la que era ejemplo y admiración, a la que amaba y respetaba tanto, la que escuchaba, analizaba y aprendía, aún de mí, su hija.
Irme de casa implicó la decisión más difícil pues salía de su burbuja, de su cariño, de su protección, y aunque hablábamos cada semana, la visitaba tres veces al año, nunca dejó de hacerme falta.
Un día decidí que era tiempo de volver, que quería pasar los años que fuera que tuviera de vida a su lado, y al lado de mi gente. Regresé, conocí a mi marido, me embaracé y de pronto, como por arte de magia el chip en su cerebro cambió.
El último abrazo de hija lo recibí estando embarazada, después de ahí, mis hormonas, los cambios de humor, los pleitos por no entender mis decisiones, su envejecimiento natural, todo eso hizo que de algún modo, esos abrazos de madre se perdieran, y de pronto, 3 años después me encuentro con que mi madre ya no me ve como su hijita, ya no tiene deseos de abrazarme y aveces hasta siento que lo único que la hace querer verme es el hecho de que parí un niño que ella adora.
Ya no nos entendemos y llegué a un punto en el que mejor le doy por su lado, porque ella se niega a aceptar cualquier opinión que no sea la suya, o la de su hijo favorito, claro.
Es muy triste y doloroso ver que la mujer que era, ya  no es, ha sido difícil entender que parte del deterioro cronológico es esto, es su cambio, es que ya no soy una hija para ella si no una madre, de su nieto adorado. Es saber que ya pierde la memoria, que ella crea que nadie sabe  mas que ella y aun en los momentos de mayor tranquilidad, al querer platicar resulte en un, "no voy a cambiar, así soy, ya para qué"...
Me da tristeza... mucha.
Y cuando llego a su casa y ya solo se iluminan sus ojos cuando mira a mi hijo, lo cual me regocija y a la vez me destroza el alma.
Ya no tengo a mi mamá... solo existe la abuela de mi hijo, y eso me ha roto el corazón muchas veces.


lunes, marzo 02, 2015

llorar

Creo que el dolor nos vuelve sumamente egoístas... a menos que seas mamá... porque cuando lo eres, encuentras fuerzas para relegar lo que sea y atender las necesidades de tus hijos y de la gente que amas.


Hace casi un año que no escribo aquí, y ahora vuelvo, como siempre, para usarlo de catarsis. 
Hace unos días me di cuenta de que necesito llorar, y no lo logro y no tengo con quien hacerlo.
No es que me sienta triste en realidad, las mujeres - a veces - tenemos la necesidad de desbordarnos para poder limpiar la casa y seguir adelante.

Ahora siento un cansancio inconmensurable, física y mentalmente. He pasado casi dos meses soportando el peso completo de casa, los días en hospital con mi marido que estuvo a punto de morir, las noches durmiendo casi nada, (además de los dos años de dormir tan poco desde que soy mamá), esos días de salir corriendo del hospital antes del amanecer a ver a mi hijo, para que al despertar me viera y se sintiera menos solo sin su papá, su tos y mi gripa de mas de un mes, sus problemas digestivos, sus alergias, mis problemas digestivos, su no dormir, su aventar todo un momento y llorar al otro por no saber cómo expresar su tristeza ante lo que sucedía, su necesidad de sus padres a los que no veía... y mi incapacidad para partirme en más.

Febrero nos azotó con una lista interminable de padecimientos físicos con sus consecuencias emocionales y económicas.

Llegamos a marzo, y tengo la esperanza de que todo mejorará... pero estoy tan cansada y con tantas grietas, a punto de romper la presa... y no tengo con quien hacerlo... creo que esta es la carga que llevamos los que por razones que creo que ya ni recordamos, terminamos volviéndonos los "fuertes" de la familia, los que no pueden enfermar, los que nada los quiebra, los que no necesitan llorar... ajá!

JAC

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